Te volteas de un lado a otro en la cama, parecés buscar una posición cómoda para dormir.
En un rincón de la habitación, la radio está prendida. La suave melodía de Closet to you, se tiende en el aire acompasada con la voz dulce de Karen Carpenter .
Un dolor constante se concentra en la boca de tu estómago.
—Mañana, otro día que se hará largo— pensás. —Pero no, podés mirar recitales de rock en internet… o leer. El paso de mi vista por las palabras impresas es curador y la voy a pasar bien sola conmigo—proseguís pensando.
Te volvés a dar vuelta en la cama, boca arriba, te estampás la almohada contra la cara. —Estás aburrida de estar aburrida, no querés quedarte sola con vos. Retirás la almohada de tu cara, ubicás tus brazos al costado. Intentás meditar, buscás darle consuelo al martirio.
¿Olvidar? No podés. Cómo te martirizan esos malos pensamientos en la desolación de tu solitario cuarto lectorio.
Ahora estás en la cocina, sacás una botellita de agua y le dás cinco sorbos. Mirás el tercer cajón de la alacena, te preguntás si tomaste o no la pastilla. Pero, al ver el cuchillo con el cuál la habías partido te cerciorás que sí.
También pensás que no tenés por qué preocuparte del sufrimiento que sentís. Por que al fin y al cabo, todo pasa. Que hay que aguantar la tristeza, que ésta bien o mal, luego, de haber sido soportada, te regalaría un manto de inspiración capaz de bañar mares, ríos, valles y montañas. De repente, se te compunge más el estómago y comenzás a llorar. Así estás, chica inflamable: llorando vacía, junto a la heladera casi vacía. Por fin salís de la cocina y cerrás la puerta de un portazo.
Ahora estás nuevamente en tu habitación, trémula tratás de inspirar. De a poco se satura el aire de tu solitario cuarto lectorio. Te preguntás cuánto tiempo más vas a estar así. Intentás ser felíz. Ni yo sé que serías capaz de hacer, por sentirte bien, por ver el sol salir.
Abrís la ventana, no corre aire, tratás de respirar, se contraen tus pulmones, tu diafragma, tu estómago. Se satura más el aire de tu solitario cuarto lectorio, nena. ‘He vuelto, querida’ —Te estoy diciendo. Mirá esta foto, la cuelgo en la cocina. Mirá, mirá, cómo sangran tus heridas. Te retorcés, te quebrás. No tengo ninguna foto que te guste, la corriente del río Uruguay se las ha llevado a la deriva. Y te lastima, más sangran tus heridas.
Trémula, llamás dónde sabés que no hay señal. Buscás la voz dulce y familiar de algún hada que te hable en la profundidad de la inmensa noche. Hay hadas que están viejas y cansadas; hay hadas que están pensando en qué hacer este fin de semana. Todas las Hadas están ocupadas. Las hadas están reunidas en sus grupos sociales y van a la facultad. Aprendé a convivir con tu soledad, tesoro mío.
¿Qué hacías, angelito, sola en Soul el sábado a las seis mañana? No te avergonzaré contándolo delante de todos tus lectores.
No querés pensar, agarrás un libro y lo volvés a soltar. Se termina de reproducir el disco que habías puesto. Se consumió el aire puro de tu solitario cuarto lectorio. Se llenó de monóxido de carbono. Ya no hacés esfuerzos por respirar.
FIN
No hay comentarios:
Publicar un comentario