Ya pasaron más de quince días de ese día: te recetaron para mí, me compraron en la farmacia del barrio. Viajé tres horas apretujada en la profundidad de una caja húmeda y saltando a cada rato por los conocidos pozos de la ruta 215. Finalmente llegué, tipo ocho de la mañana de una mañana fría. La combi estacionó en la puerta de tu edificio e hizo sonar el timbre. A través de la puerta ventana te divisé a vos. Venías corriendo por ese pasillo largo y bien encerado vistiendo tu tradicional pijama rosa. En la profundidad de esa caja oí un refinado: ‘gracias’ con tu agudiza voz y tomaste la caja.
Una vez en casa, apoyaste la caja en la mesa y desenvolviste. Tac, tac, tac, fui a parar al tercer cajón. Tac, tac, tac. Había pasado una hora o dos. Me pregunté por dónde andabas.
Pasó el día y se hizo de noche. Los rayos de sol que atravesaban la ventana de la cocina desaparecieron. Ahora está encendido el foco de la luz. Tac, tac, tac, estoy acá moviéndome en el tercer cajón de la alacena. Deseosa estoy de oír el chirrido de la puerta que anuncia tu llegada, de que desenrosques su tapa, me tomes con tus dedos, me deslices por ellos hasta la palma de tu mano. Y una vez allí, me estampilles contra tu boca y me tomes como un sorbo de tequila… el más rico tequila que alguna saboreaste en un boliche. Y de ahí, caer, por fin, trémula en tu estómago dónde me partiré en mil pedazos, rodaré cada uno de mis doscientos cincuenta gramos por cada una de tus venas. Te dejaré fría, como la más bella estatua que representa la soledad, el silencio y la reflexión.
Y a veces te preguntas si será que te hago bien o será que te hago mal. Sacate esa mochila, nena, todo va a estar bien. ¿No te acordás todo lo que pasamos desde que tenés diecinueve años? Pasamos tormentas, tempestades y torbellinos y salimos, finalmente salimos y probamos de todo y nos quedamos con el arte. Tesoro divino, de mi mano ¡está tu destino!
No te regañaré por el baño de cerveza fría o por el rociado del riquísimo licor de frutillas que me enviaste la otra noche cuando me encontraba efervescente en tu estómago. Estás perdonada, tesoro mío, sacate esa mochila, vos y yo sabemos que esas son una de las tantas simples cosas que pasan. Pero sí, te voy a pedir que no lo hagas tan seguido. Yo soy un ácido conductor del hígado y no te quiero lastimar.
Pero basta, ya no sos más la bruja mala de la fábula que te da una manzana envenenada para que pudra tu cabeza. Ahora sos la más tierna de las hadas y yo tu mas dulce y confitado caramelo. Yo me hago efervecente en tu estómago para estabilizar tu estado de ánimo. Pero no, no te culpes, vos no sos ninguna estúpida sentimental. No, no sos ninguna idiota depresiva. Simplemente me tomas porque a veces me necesitas. Y yo estoy felíz de ser parte de vos.
Ahora andá. Apagá la luz, andá a dormir tranquila, cielo divino, apoya la cabeza en la almohada y pensá en qué hiciste todo para sentirte bien y no molestar a los demás.
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